sábado, 30 de enero de 2016

''corre''

Huye, corre, no mires atrás. Suéltate, siente el ritmo, haz que todo tiemble bajo tus pies. Frena, tropieza con una piedra, enamórate de ella, deja que te haga daño y tírala lejos. Levántate. Vuelve a correr, mira atrás y jura que no volverás a frenar ni a tropezar con otra piedra. Acelera, corre más rápido. Suéltate más que antes, crea un terremoto bajo tus pies. Frena a fondo, intenta esquivar la piedra, no lo consigas, enamórate más que antes, deja que te haga el doble de daño que la última vez, tírala más lejos que antes incluso. Vuélvete a levantar, vuelve a correr.
Corre y tropieza, enamórate y desciende a tus infiernos, sálvate a ti mismo y levántate otra vez. Haz eso hasta que encuentres una piedra que te haga daño de verdad, que te lleve a conocer a tu propio lucifer. Que te haga ver otro mundo, uno diferente a todos los anteriores. Que te haga quedarte sin corazón que te haga otra piedra. Quédate con la piedra que cuando la vayas a lanzar te diga que quiere que la lleves contigo, que se dejaría erosionar por las olas más fuertes que existan, que aguantaría los peores terremotos, que soportaría los peores huracanes con tal de que volvieras a tropezar con ella una vez más.
Pero tú no lo aprecies, lánzala lejos, lo más fuerte que puedas y vuelve a correr. Corre, corre corre, no tropieces con nada, que nada te pare, haz el último esfuerzo, rompe tus frenos, déjalos atrás.
Choca con un árbol, pégate la ostia de tu vida, replanteate todo, hazte preguntas, todas las que puedas, da igual, aún no encontrarás respuestas. Pero sigue intentándolo, siéntate frente al árbol y exclama al cielo por qué te lo encuentras ahora que todo parecía ir bien, que corrías sin ataduras, que empezabas a disfrutar del camino. Échale la culpa a la mala suerte, échale la culpa al camino, échale la culpa al cielo, échatela a ti mismo. Vuélvete a odiar, llora, primero un charco, luego un río y forma un mar con tus lágrimas. Ahógate en él, húndete hasta el fondo, cierra los ojos, desea no haber empezado a correr.
Despiértate en la orilla al lado del corredor que te ha salvado, dale las gracias, ya forma parte de ti, deja que se vaya, algo te dice que lo vas a volver a ver. Ponte enfrente del árbol, grita con rabia, coge un hacha e inténtalo cortar, corta solo una parte, la otra es muy dura. Desespérate y retrocede, vuelve sobre tus pasos y observa que detrás del árbol había un bosque, ríete de ti mismo, y piensa que de una forma u otra te ibas a chocar contra un árbol.
Entra en el bosque, piérdete, siéntete solo, echa de menos a las piedras y a aquel corredor. Habla con la soledad, habla contigo mismo, encuéntrate, recupera el ritmo, vuelve a correr, sal del bosque. Has vuelto al terreno de las piedras.
Llegará un punto en tu carrera personal que no te tropezarás con más piedras, ya conocerás todos los tipos, ya nada te sorprenderá y serás inmune a los tropiezos amorosos. Los árboles que te suponen los problemas de tu carrera sabrás cortarlos, con más o menos dificultad, pero tendrás siempre la ayuda de los corredores que te han ayudado por el camino y que ahora corren contigo. Quemarás bosques enteros con el fuego de tu interior, la llama de la seguridad de saber quien eres y por qué corres te hará hacerlo con facilidad, lo único que tienes que recordar es no dejar que tu mente con el tiempo te haga dudar de lo que llevas dentro. Cuando pienses que ya lo has visto todo encontrarás una playa con una puesta de sol espectacular, mirarás a la orilla y allí verás una piedra, la única en toda esa zona. Cuanto más te acerques a ella te darás cuenta que fue aquella piedra que lanzaste tan lejos, la que más te hizo sentir, la que más daño te hizo.
Esa piedra había soportado cosas inimaginables solo porque le habían dicho que tú algún día llegarías a esa playa, que te volvería a ver, que volvería a ver tu cara, a oír tu risa,a mirarte a los ojos y sonreír, se había jugado su insignificante existencia sólo por volverte a ver. Ese pedrusco habrá estado noches enteras a la intemperie soportando innumerables ventiscas de dolor en forma de olvido, tendrá cicatrices por culpa de haberte buscado en otros corredores, sus ojos no serán los mismos que viste cuando tropezaste con ella por primera vez, lo único que será igual será la forma en la que te mire, esas pupilas dilatas, esa sonrisa de subnormal que se le pone sin querer y esa forma de mirar a otro lado cuando hagas contacto visual con sus ojos. Solo por este reencuentro la piedra había aceptado el olvido en aquella playa, buscaba tu mirada en las estrellas cada noche, tu sonrisa en todos y cada uno de los amaneceres, imaginaba cada vez que la arena la golpeaba suave por culpa del viento que no era más que tu mano acariciándola una vez más. Esa piedra había dado su existencia solo por ti, estaba condenada a un amor suicida, pero había creído en él y eso la había salvado.
Tú te sentarás al lado de ella y verás miles de anocheceres preciosos como el de ese día. A partir de ahora te limitarás a correr por la playa o a otras playas para visitar a tus corredores conocidos. También verás a otra gente seguir corriendo, sin pararse nunca en ninguna playa, que no porque no la tengan, sino porque prefieren correr libres y disfrutar de otros placeres del camino. Y así seguirás hasta que un día te fallen las piernas, en ese momento te darás cuenta que ya has llegado a la meta, a tu meta. Algunos te dirán que no la quieren cruzar jamás, otros se romperán las piernas por el camino porque no soportan correr, otros lo han aceptado desde hace tiempo pero tu estarás feliz. Te sentarás por última vez junto a tu piedra en el último anochecer, verás a muchas personas con las piernas muy frescas iniciar su propia carrera. Tendrás melancolía, recordarás todas las piedras lanzadas, los árboles cortados, todos los bosques quemados, te sentirás triste por el final pero también estarás feliz por la gran carrera que has hecho. Cerrarás los ojos, se hará el silencio.
Abrirás los ojos, verás luz.
Corre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario