Un sonido de una sirena se desliza entre las ramas de los árboles del bosque. Los primeros rayos de sol iluminan una carretera en mal estado. La ambulancia frena delante de un coche volcado a un lado de la calzada.
Una hora antes.
Introduces un disco de Fito en la radio, la música empieza a sonar, subes el volumen, cierras los ojos.
Se hace la luz, metes primera, embrague a media altura acelerador a fondo. El coche suelta un rugido, las ruedas delanteras empiezan a soltar humo de la fricción con el asfalto.
Se oye un suspiro, el embrague se levanta, la espalda se pega violentamente contra el asiento.
Doscientos metros, levantas freno de mano un instante, la parte trasera del vehículo empieza a deslizarse hacia la izquierda, la ruedas comienzan a botar, metes primera, aceleras a fondo. El coche derrapa, lo mantienes en la calzada a duras penas.
Metes segunda en una fracción de segundo, sigues acelerando, la adrenalina te recorre las venas, como cuando la viste primera vez. Pupilas dilatadas, sonrisa de oreja a oreja, metes tercera antes de volver a respirar.
Frenas en seco, reduces a segunda, pasas a escasos milímetros del muro que hay a tu izquierda, el coche se bambolea con cada bache que pisas, el volante tiembla, algo te dice que no sales vivo de esta, has pasado por cosas peores.
Enlazas un par de curvas, nada comparadas con las que un día te hicieron sentir amor por ellas. Chirrían las ruedas de la violencia de la frenada, el freno de mano vuelve a levantar la cabeza apenas unos segundos, vuelves a lamer otro muro, has tenido suerte, vuelves a acelerar.
Otra curva de izquierdas, la parte trasera se desliza fuera de la carretera, las ruedas recorren la hierba de la cuneta, tratas de mantenerlo en el asfalto, salvas un reguero de milagro y enlazas otra curva.
Sales de lado, aceleras más que nunca, empiezas a subir, giras el volante pero el coche no responde, te vas recto hacia fuera.
El tiempo se detiene por un instante, tu vida te pasa entera en el segundo que tardas en chocar contra el muro de una casa.
El capó se hace añicos, una vuelta de campana, dos, quien sabe cuantas, se te hacen eternas. De repente se para, estás cabeza abajo, Fito sigue sonando aunque parezca increíble, no sientes las piernas, la sangre te llena la boca, escupes saliva roja.
Te ríes a carcajadas, te duele el pecho, menuda estupidez acabas de cometer, ¿ha merecido la pena?. Sueltas un gruñido de dolor, sacas un cigarro del paquete de malboro que está en el techo, lo enciendes de milagro con una mano, el otro brazo está roto.
Le das una calada, suspiras, los ojos se te empiezan a cerrar. Escuchas unos pasos, alguien se acerca, reconocerías esa cara hasta en este instante, pero sabes que no es real, todo se vuelve negro, empieza a oler a gasolina...
Una hora después.
Escuchas una voz preguntándote si puedes oírle, sonríes, la cara de donde procede la voz te devuelve la sonrisa, te dice que te va a sacar de ahí, oscuridad otra vez.
Abres los ojos, estás atado en una camilla, ves a unas personas inspeccionando tu coche, una mano te gira la cabeza, te dice algo de que te van a llevar a un hospital, asientes como los tontos.
Se oye un grito, las gente que estaba al lado de tu coche empieza a correr, alguien te aprieta fuerte la mano, de pronto recuerdas aquel olor a gasolina, tus labios articulan un nombre, cierras los ojos, ya sabes lo que va a pasar.